sábado, 3 de abril de 2010
Meterme en la llaga
No soy de meter el dedo en la llaga. Soy de meter la mano completa. Las manos y los pies. Meterme completa en la llaga. Bañarme de viscosidades sanguinolentas y pus, y quedarme ahí, esperando: que cicatrice y me quede adentro o, mejor aún, que no sane nunca la herida para presenciar el progresivo deterioro de la piel. El lento e inexorable cosumir de la piel y los tejidos hasta llegar al hueso desnudo. A veces, si se me forma la costra por encima -muy a pesar de todos mis amagos contaminatorios de infiltrada- me salgo, para rasgar la costra y ver si, abierta la herida de nuevo, se vuelve a infectar. Entonces disfruto de mi verdadero placer de meterme en las llagas. En su defecto, queda la cicatriz. Lo más importante es que no quede la piel lisa, como si no hubiese pasado nada. Siempre hay algo o alguien que pasa. Siempre están las huellas. Duele siempre, aunque sea en el antebrazo o en la entrada de la vagina. Al final, las cicatrices de la piel no duelen más, pero las llagas abiertas, quedan; con su pus, con sus tristezas/nostalgias y, además, conmigo adentro.
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