No hagas nada.
Encierra todas las preguntas y las explicaciones debajo de la lengua.
Amárrate los dedos con los cabellos para ensortijar la impaciencia y además, como quien no quiere la cosa, para mejorar ese aspecto de gato.recién.salido.de.secadora que te da el verano porteño.
Aprieta la mandíbula con fuerza de cocodrilo por dentro, pero mantén la mueca de tarada por fuera, los labios ligeramente torneados hacia arriba y el optimismo de cartón pegado de los pómulos y de las arruguitas de los ojos.
Relájate masculinamente. Déjalo fluir. Cuando los nudos que bajan desde la campanita hasta los intestinos te comiencen a asfixiar, échate un poquito de diablo rojo para evitar la inundación (o peor aún, el olor a mierda de las inundaciones, los trapos y tobos sucios, las filtraciones en los techos de los vecinos de abajo y todo eso).
Ponte un poquito de Fernet en los dedos pulgares para ver si te queda algún segmento de carne pegada al hueso (¡y de uña!).
Mira la tele. Mira una peli. Fúmate un porro. Hazte la manicure y la pedicure. Sácate las cejas. Ráscate el culo.
No desenmarañes los ovillos de los porqués y de los hastacuandos porque entonces ya no terminas de escribir más nunca.
Deja la cestica con los hilos quietos, así envuelticos y de colores, con las pulgas y los pelos, que, tarde o temprano, alguno empezará a jugar con el hilo rojo.
juega con los ovillos... muevelos... para de moverlos... vuelve a empezar. algun curiosito llegara. cuando llegue, no lo amarres con los hilos, deja que el mismo se enrede contigo... luego: ñam ñam!
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