Provoca desarmarse y
esparcirse para no desentonar, con tanta vida por dentro y por delante, con
tanto sístole y diástole, con tanto ruido espantoso en una casa tan vacía y
llena de eco.
Porque lo demás son
fantasmas: sábanas blancas con huecos negros a la altura de los ojos que
deambulan y, a veces, lavan los platos y compran tortas tres leches.
En el sofá un cadáver de
padre. En la maleta un cadáver de madre. En la tierra del estacionamiento tres
metros de cadáveres de bichos peludos. En la puerta, un cadáver de hermano que
llega siempre y que tampoco se termina de ir.
Estamos de pasada. Nos
metemos un trozo de pared blanca con filtraciones en un bolsillo y una bola de
pelos debajo de la lengua para que, estando lejos, dure un poco más el sabor
amargo y el tacto irregular de lo permanente.
Provoca desenredarse las
venas, abrir el grifo que las contiene y derramar toda la sangre fétida que nos
une: derramarla escaleras abajo, provocar una ola roja y ferrosa gigantesca que
baje desde el segundo piso, que inunde la cocina y la sala hasta que se salga
todo por las ventanas y chorree hasta el patio: que se desinfecte todo, que se
le caiga el polvo acumulado de años a los muebles, que se mojen las sábanas… y
se deshagan.
Que no quede nada en pie.
Que se vacíe este depósito de ruinas y que todos los escombros se vayan por el
desagüe.
... A veces provoca...es verdad
ResponderEliminar